27-01-2014
Es el verano del 2014, parece extraño no referirme a los setentas, ochentas o noventas, épocas más inspiradoras para escribir sobre crisis en el Perú, pero esta vez el desorden no estaba en el país, la economía, la política, la sociedad, la juventud, el desempleo o la inflación; el caos estaba sólo en mi cabeza.
Caminaba sin un mango cuando al costado veo a la señora que vende películas en el grifo de mi casa y recuerdo que me debe dos películas y que llevo semanas, o meses en realidad, en que quiero ver la última película de Woody Allen, así que aprovecho para conseguirla.
Sorpresivamente, aunque con luz tenue, se me ocurre una idea “¿Cómo llevar a cabo un emprendimiento social con sencillez y efectividad?”. El nombre no es perfecto pero es suficiente para empezar. La idea empieza a desarrollarse y se presenta en pie de guerra contra mi holgazanería derrotista, y sin que esta última haya triunfado la batalla, la luz tenue se apaga. No estoy seguro si podré empezarlo, continuarlo y menos aun terminarlo, así que sólo dejaré que fluya.
¿Qué tan difícil puede ser? Con el tiempo descubro que a veces los problemas hay que hablarlos, pues parece que el viento se los lleva; así que ya que hoy no tengo con quién conversar al respecto, lo escribiré, para que navegue en la matrix de la que tanto quiero escapar.
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