¿Unas chelas? Dijo él, ambos salían de una reunión de trabajo allá por el año 2010.
-Bueno, dijo ella. Dentro suyo, en su amplio cerebro racional, sabía que no era buena idea, pero la curiosidad la motivaba, así que seducida por el impulso y la emoción aceptó la oferta.
No hubieron muchas palabras, ambos sabían que eran presas de un pecar culposo, pero inevitable, pues estaban enamorados. Cada uno dibujaba el futuro con un matiz distinto, pero el corazón de ambos palpitaba por la alta incertidumbre de la noche. ¿Qué hacer con tantas cosas en común, pero toda la sociedad en contra?
-Una jarra de cerveza, demandó él cuando llegaron. A los pocos minutos, el silencio se hizo eterno, entonces él decidió romperlo con alguna idea creativa y precipitada.
Juguemos un juego.
-Ya, respondió con una duda picaresca con picardía ella ¿En qué consiste?
Tú me haces una pregunta y luego yo te hago una pregunta. Solo se vale decir la verdad, "este secreto que tengas conmigo, nadie lo sabrá". Ambos rieron con una complicidad aun inocente.
-Está bien, dijo ella.
En la mente de él habían muchas preguntas para dilatar el momento anhelado, pues sólo quería saber si ella estaba interesada en ser partícipe de su vida; debía sembrar la pregunta en algún momento para que ambos lo conversen de forma adulta. ¿Cuándo? El riesgo era alto, todo podría estropearse y muchos meses de amistad y de extraordinarias conversaciones, quedar sepultados en el olvido. El tenía muchas amigas y algunas interesadas, pero ninguna le gustaba, ella en cambio lo volvía loco, su figura frondosa lo estremecía cada vez que la pensaba, siendo esto muy frecuente en los últimos días. De pronto, su baja autoestima le juega una mala pasada y empieza el mar de dudas e incertidumbres, su cerebro no paraba de pensar, cuando recuerda que debe empezar el juego.
Tú empieza, le dijo, las mujeres primero.
Ella asintió sin temor.
-¿Yo te gusto?
Y en ese momento el tiempo se detuvo. En su mente se reproducía aquella canción que sobre la que tanto habían debatido juntos.
"Cómo quieres ser mi amiga, si por ti daría la vida,
si confundo tu sonrisa, con camelo si me miras.
razón y piel, difícil mezcla.
Agua y sed, serio problema,
cuando uno tiene sed, pero el agua no está cerca"
Sí, el agua estaba cerca, el mar estaba ante sus ojos inquietos y mostraba una sonrisa encantadora y magnética. Tomó el coraje de un guerrero espartano. Un coraje raro en él que era tímido y racional. Su cerebro liberó la dopamina necesaria y entonces pensó: Me la jugaré por tu sonrisa y tus caderas, y con esto, y una sonrisa torpe, pero segura, trató de disimular su temor y proseguir con su diálogo.
"Eres mi mujer ideal, cuando pienso en una mujer, es como tú; no imagino una distinta." Fue todo lo que pudo decir, mientras en su mente se proyectaban palabras e imágenes. Diosa romana, venus, afrodita, cuadros de mujeres griegas de caderas anchas, pelo largo ensortijado y una mirada de amor pigmaliónica. A los pocos segundos, la miró a los ojos y recibió en ellos la confirmación que durante años esperó en todas las mujeres. Estaba ahí, mirándolo con amor, su diosa griega, su vehículo platónico, su manzana prohibida, todo junto, una luz de ojos café, ligeramente estirados. Entonces su cerebro y voz se unieron y fueron uno solo, rompiendo así la fachada de la realidad, y dejando que su boca reprodujera literalmente su sentir. "No puedo, no puedo, no puedo" y la besó. Se detuvo el tiempo mientras recorría con sus brazos todo su cuerpo, su respiración se acoplaba a la de ella y viceversa.
Y así empezó su historia de amor. Quien diría que 657 días después, una noche de invierno, saliendo de aquella película a la que ella lo invitó por su cumpleaños, todo terminaría y sólo se volverían a ver pocas veces luego, cada una con la única intención de hacerse un daño sutil. Quien sabe si sólo querían ir a la cama para que sus almas acaricien sus cuerpos y recordar con ello la conjunción perfecta de su amor imperfecto.
Ricuato